Johnny Pacheco

Johnny Pacheco, genio y figura de la Fania

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A propósito de nuestro más reciente post “Ese fenómeno llamado: las estrellas de Fania”,  compartimos una entrevista realizada a Johnny Pacheco, director de Fania All-Star en el año 2004. La misma está fechada un año después de la desaparición física de la guarachera de América Celia Cruz.

La entrevista es tomada íntegramente del sitio oiganmigente.blogspot.com/, fue publicada en el año 2008 por Armando López. En ella el legendario Pacheco revela aspectos realmente interesantes y lo hace con esa sin igual jocosidad que lo caracteriza.

“Celia Cruz era la orquesta”

Ahora que Celia le pone ¡azúcar! al cielo, Johnny Pacheco, dominicano de nacimiento y cubano de ritmo, nos habla de su hija, la salsa, y de su hermana musical, su inseparable negra de voz y corazón de oro.

Johnny es la historia viva. Su primer álbum, Pacheco y su Charanga Vol. 1, fue el más vendido de 1960, y se volvió un clásico. Cuando introdujo el ritmo pachanga, fue el delirio. Se convirtió en una estrella internacional, con presentaciones en Estados Unidos, Europa, Asia y toda Latinoamérica. Pacheco y su Charanga fue la primera banda latina que encabezó la cartelera del Teatro Apollo, del barrio neoyorquino de Harlem, el templo del jazz (1962).

Pacheco nació en zurrón. Cuando ya los violines le quedaban cobarditos, y su Charanga comenzaba a apagarse, lo llamaron para trabajar con metales en la Feria Mundial de 1964, y ahí mismo cambió de palo pa’ rumba: ¡Nació Pacheco y su tumbao! Para que no fuera una copia de la Matancera, le agregó un bongó y un tres, al estilo de Arsenio Rodríguez. Ya contaba con el sonido y la fuerza necesaria para grabar a Celia.

Sólo faltaba la Fania, el mágico encuentro de Pacheco con el abogado Jerry Masuci, que lanzaría al mundo el nombre de “salsa”, y llenaría el vacío que dejaba la música cubana, aislada en su revolución. La primera grabación de la Fania (1964) fue el disco 3-25. Pero el dominicano radicado en el Bronx no olvidaba su sueño: grabar a Celia.

¿Qué recuerda de su primer encuentro con Celia?

Cuando vi a Celia por primera vez, en 1960, ya yo tenía Pacheco y su Charanga. Fui a verla con la Sonora Matancera, al Teatro San Juan, de la calle 175 y Broadway.

Cuando la negra eléctrica salió al escenario con su voz que excedía las trompetas, me pellizcaba, no podía creerlo.

Yo era fanático de La Guarachera de Cuba, desde que era muy joven, mejor dicho, desde que éramos… Mi mamá escuchaba a través de la Radio Progreso habanera, las novelas y después la orquesta de Arcaño y sus Maravillas. Crecí con una transfusión de música cubana. Ver a Celia en escena, era lo máximo. Cuando gritó ¡Azúcar!, comenzó mi sueño: ¡grabarla con mi orquesta! Pero con mi charanga sabía que no lo iba a lograr. La voz potente de Celia necesitaba metales, así que puse a dormir el sueño.

La noche que volví a verla con la Matancera — en el teatro de la calle 14, The Academy — y cantó Caramelo, me dejó con la boca abierta. La Sonora tocó a un ritmo vertiginoso, y Celia cantó a una velocidad espantosa, sin comerse una sola fruta del texto de la guaracha, y cada fruta con una gracia, con una expresión distinta. Eso me convenció aún más: ¡tenía que grabar a esa mujer insólita! Ya aparecerían los metales.

¿No le pareció raro 3-25, el nombre de su primera grabación con la Fania?

Fue un regalito que me hice, el día de mi cumpleaños, el 25 de marzo. Pero pronto sentamos cabeza. Todo el dinero que entraba lo invertíamos para firmar músicos y cantantes.

¿Por qué bautizaste “salsa” a la música que tocabas?

El público se confundía con tantos nombres: que si el son, la guaracha, el guaguancó, y me dije: ‘voy a poner todos los ritmos bajo un mismo techo’, y así nació la salsa. Pero nunca he negado que hacíamos música cubana. Eso sí, le dimos otro color, porque en la Fania había puertorriqueños, dominicanos, cubanos, judíos y hasta descendientes de irlandeses.

Vivíamos en Nueva York, teníamos influencia del rock, del jazz, y cada uno venía con una forma de tocar distinta. En la música cubana tradicional, el ritmo quedaba atrás, y en la salsa lo llevamos delante, con el bajo en primer plano. No tengo que decirte que armamos tremendo revuelo. Firmamos a Rubén Blades, Ismael Miranda, Héctor Lavoe, Cheo Feliciano, Pete El Conde Rodríguez, Justo Betancourt. Sólo faltaba Celia.

¿Te fue difícil contratarla?

Cuando Masuci la llamó a la oficina que teníamos en la calle 57 con la Séptima Avenida, y la negra (elegantísima) llegó y dijo: ‘qué bonito lugar’, ya estaba resuelta a firmar contrato, porque Celia no tenía pelos en la lengua.

De inmediato comencé a buscarle nuevos temas, y a escribirle orquestaciones bien naturales, porque en sus grabaciones con Tito Puente no la sentía la Celia de la Sonora. La sentía cohibida, aplastada por tantos instrumentos. Ella era una cantante natural, podía cantar con una lata y un palo. Sonaban un ritmo con una botella y una cuchara, y Celia cantaba. No hacía falta más. Ella era la orquesta.

¿Cuál es el origen del mítico tema Químbara?

Estaba yo en Puerto Rico, cuando se me acerca un muchachito y me dice: ‘Pacheco, yo tengo unos temitas que quiero que oigas’, y le digo: ‘bueno espérame aquí, tomate un café que tengo una reunión’. Pero me entretuve allá adentro. Cuando salí, ni me acordé del muchacho. Ya me iba, cuando me cayó atrás, gritando: ‘¿Eh, tú no me vas a oír?’, ‘¿Oír qué?’, le respondí. ‘¿No me dijiste que te esperara?’.

Y yo, con ganas de quitármelo de arriba, le lancé a modo de excusa: ‘¿tienes la partitura, o la grabación?’. Y me contestó: ‘no señor, la tengo aquí’, y apuntó para su garganta, y ahí mismo me cantó: “Químbara, quimbara, quimbaquín bambá…”. ¡Me noqueó! Y le dije: ‘ven pa’ arriba, jovencito, déjame oír eso bien’. Se llamaba Junior Cepeda.

Le grabé como diez temas. Fue tanto el éxito de sus salsas, que se mudó para Nueva York, pero se empató con una mujer mayor, que celosa le pegó tres balazos. Lo mató cuando acababa de cumplir 22 años. La infeliz asesinó a uno de los mejores autores de salsa de todos los tiempos. Celia grabó Químbara, lo demás es historia.

Lo de Celia era mucha potencia…

Grabar con Celia fue un encanto. Decía que sí a todo. Quizá era demasiado buena. Abusaban de ella. En la televisión la tenían horas y horas sentada esperando su turno. Y se encogía de hombros, y exclamaba: ‘bueno, si el horario es así’. Yo le protestaba: ‘que te graben los tres temas que vas a cantar y después que editen’. Pero ella meneaba la cabeza: ‘no, Pacheco, déjalos, que pierden su rutina’.

Celia Cruz y Johnny Pacheco

Celia era así, humilde de nacimiento… y desenfadada. Se dormía dondequiera. La envidiaba. Estábamos esperando para salir a escena, y ella me decía: ‘déjame tirar una pestañita ahí, unos 20 minutos’. A veces íbamos a cenar y yo le hablaba: ‘¿te acuerdas del tema cual o más cual?’, y de momento ella roncando, gggrrrrrrr, y yo hablando solo. Pero eso sí, la veías media dormilona, pero cuando salía al escenario era como si Pedro la enchufara. Lo que salía a la pista era una negra con cien mil voltios de potencia.

¿Cuál fue el momento más especial de aquella etapa?

Viajamos mucho, a España, a Suramérica. Pero el viaje inolvidable fue al África. En el avión fletado iban americanos famosos como James Brown y Lloyd Price, una retahíla de estrellas. Pero ninguno con el sabor caribeño. A las cinco de la mañana yo saqué la flauta, Pupy Lagarreta el violín, y Celia se alborotó. Bailó y cantó marcando la clave con dos chancletas de palo.

Los americanos no entendían nada. ‘¡Ustedes no duermen!’. Cuando aterrizamos en Zaire nos esperaban 10.000 negros dando gritos, y salió James Brown saludando: ‘my people, my people’, y de momento le pasaron por encima, ovacionando: ‘¡Pacheco, Pacheco!’.

Celia se dobló de la risa. James Brown, asombrado, preguntó: ‘¿y quién es el Pacheco ese?’. Y Celia le respondió: ‘ese jabao que está ahí, y nosotros estamos aquí por él’.

Lo que no sabía Brown era que yo ya había ido nueve veces al África, conocía que adoraban la música cubana, y que su himno era La Guantanamera. Así que le pedí a Celia que la cantara. Cuando Celia, con su voz telúrica, comenzó a cantar el tema que popularizó Joseíto Fernández, 110.000 personas la corearon. Fue el momento más emocionante de mi vida. La música cubana volvía a sus raíces.

¿Qué relación profesional existió entre Pacheco, Celia y Marlon Brando?

El actor de Un tranvía llamado deseo era joven y apuesto, sonaba una tumbadora increíble. Nos subíamos a tocar a la azotea de la calle 45 y la Décima Avenida, en un barrio malísimo que le decían la Cocina del Diablo. Marlon era enfermo a la música cubana. Bailaba como un “salao”, formando lío con su pelo, y hasta se defendía en español.

Una tarde me dijo en cubinglesh: ‘Checo (nunca me dijo Pacheco), hoy sí Celia me va a oír tocar las congas’. Pero tuvo que escaparse, porque una turba quería su autógrafo. Dos años después, en Hollywood, al fin se encontraría con Celia. Marlon le preparó un concierto de tumbadora a la negra. Estaba excitado, como un niño, pero cuando comenzó a tocar, Celia comenzó a roncar. El actor más famoso del cine casi lloraba: ‘soy un tumbador frustrado’.

Y es que Celia tenía sueño viejo, llegaba a la casa para tirarse en la cama. Yo oigo decir de las virtudes cocineras de Celia, y yo no sé cuándo tocó las ollas, porque en ese tiempo que vivía en Queen, comíamos de corre corre, en restaurantes, y haciendo chistes.

Para cada cosa, Celia tenía una respuesta comiquísima. En la escena, cuando inspiraba, le daba la espalda al público, y nos hacía muecas a los músicos, nos moríamos de la risa. Una noche, en México, en una de esas, se le cayeron las pestañas, y le quedaron colgando como una cortina, y músicos y público desgañitados de risa.

Celia Cruz y Johnny Pacheco en escena

¿Por qué Celia nunca tuvo orquesta?

Adonde quiera que iba conocían su música. En Venezuela, Cuco y su Sonora; en México, la Sonora Dinamita, y, en Estados Unidos, su hermano Pacheco, porque aun después que terminó la Fania, seguimos trabajando juntos. Celia sabía que no era fácil controlar una orquesta. Los músicos son como niños. Nunca saben ni adónde van, ni a qué hora es el concierto, hay que llevarlos de la mano. Uno tiene que ser padre, madre y confesor de cada músico de su orquesta.

Supe de orquestas desde que nací. Mi padre era el mejor clarinete de la República Dominicana, dirigía la orquesta Santa Cecilia, pero también era sastre, y cosía a mucha velocidad. Llevaba el ritmo con la puntada, y silbaba la melodía. Cuando llegaba a la solapa del saco, retardaba la puntada, y yo le preguntaba: ‘¿qué ritmo estás cosiendo, papá?’. Y él me respondía: ‘un bolero’. Mi padre me enseñó a enfrentar la música. Con quince años armé un trío: piano, bajo y yo en la batería. Tocábamos en el Chateau Madrid, de la calle 58, en Manhattan. A los veinte, formé Pacheco y su Charanga, luego la Fania… ¡Ha llovido tanto!

¿Por qué Nueva York? ¿Por qué la unión con los cubanos?

A los once años vine para Nueva York. Me mudé para Jackson Ave, en el Bronx, un barrio candela, pero lleno de música. Por allí vivían Charlie y Eddie Palmieri, Vicentico y Miguelito Valdés, Tito Rodríguez, Rey Santos.

El Bronx, el Barrio (West Harlem) y el Alto Manhattan, eran en los sesenta el centro de la música tropical y del jazz. Había cientos de clubes con música en vivo. Semanalmente nos juntábamos para las descargas de jazz, y a comerle a Patato Valdés su receta secreta: ¡rabo encendido! Tan sabroso lo cocinaba el tumbador cubano que el público se le colaba en la cocina. Pues un día, en pleno show, gritó: ‘no cocino más’, y hasta ahí llegó el rabo.

Fue una linda juventud. No había celos, ni estrellatos entre nosotros. Cuando comenzamos a viajar, nos encontrábamos cada miércoles en El Asia, el restaurante de chinos cubanos que habían huido del comunismo. Almorzábamos criollo, nos echábamos un tabaco y nos contábamos las giras, los éxitos y los amoríos. Yo siempre me reuní con músicos cubanos. Y hasta me casé con Cuqui, una cubana que adoro, que conocí en la Fania, con la que llevo ya veinte años, y que hoy es mi representante. Hay quien dice que soy un cubano que nació en República Dominicana y creció en Nueva York.

¿Cuál es el músico cubano que más influyó en ti?

Son tantos: Mario Bauzá, Machito, Pérez Prado, Arcaño. Pero fue el viejo Fajardo quien me ayudó con la flauta de cinco llaves. No había método para aprender el instrumento, y Fajardo lo inventó. Fajardo y sus Estrellas inspiraron a todas las charangas de Nueva York, que había muchas.

Constantemente llegaban muchos músicos exiliados de Cuba. Yo les daba trabajo en mi orquesta. En mi Charanga tuve a Daniel González, Julián Cabreras, Rudy Calzado. Y cuando empecé con el tumbao, tuve a Cachao en el bajo, y en las trompetas, al Negro Vivaes y Chocolate Armenteros. Los músicos cubanos sonaban con ese ritmo “sangandongo” , inimitable. Ahí tienes a Celia, ¡quieres algo más grande que eso!

¿Disfrutas ser la leyenda de la salsa?

Cuando me dieron un doctorado en mi pueblo, Santiago de los Caballeros, y leyeron mi trayectoria, que si toqué con Stan Kenton, Quincy Jones, Pérez Prado, Stevie Wonder… que si me había llevado tantos discos de oro, que si estoy en el Hall de la Fama, etcétera, etcétera, pensé: ‘¡carajo, yo soy un fenómeno!’. Pero cuando todos te dicen: ‘cuídate Pacheco, que Tito Puente se fue y Celia anda por allá arriba, poniendo a bailar a los ángeles’, me pego a la tierra y sé que sólo soy un dominicano con suerte.

Además, eso de leyenda me suena a mezcla de famoso y momia. Ahora resulta que me quieren celebrar mis 50 años en la música con los cantantes originales de la Fania, pero hay muchos de ellos que ya cantaron el manisero. Y en Colombia están anunciando mi último concierto: ¿será que piensan pegarme dos balazos?

Sin duda una interesante pieza periodística para deleite de los que recuerdan gratamente ese capítulo de nuestra rica cultura Latino caribeña. Pronto la segunda entrega de “Ese fenómeno llamado: Las estrellas de Fania”.  Deja tu comentario.

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